No es la primera vez que esta imagen se me presenta, me resulta espléndida entre otras posibilidades, para quitar la solemnidad a ciertos absolutos, que suelen ser difíciles de digerir, como ocurre en este caso.
Casi un año después de haber subido a la web las palabras que siguen, consideré oportuno hacerles alguna publicidad y consideré que les estaba faltando algo.
Quizás, alguno de los lectores adentrados en el alma humana, pueda ofrecer alguna explicación a esta asociación. En lo que a mi respecta, supongo que las últimas frases de ¿Qué hiciste en la guerra papi? me lo sugieren.
Cuando me invitaron a trabajar sobre contenidos políticos de derechos humanos, no pude evitar que una imagen se apoderara de mis sentidos cada vez que lo intentaba abordar, pero supuse que sería transitoria y que luego la desecharía.
El tema de los derechos humanos en nuestro país, es lo
suficientemente complejo, a poco menos de una generación de la última de las
dictaduras, como para que una cuestión personal lo prologue, ya que luego, (las
cuestiones personales), suelen entrampar los conceptos y se hace difícil sostenerlos
luego en un trabajo de esta índole.
Sin embargo, la imagen seguía presente, aún cuando comencé con la
parábola, que la cuestión de los derechos de las personas atravesó en estos
últimos treinta años, desde la apertura democrática con los juicios a las
juntas militares y el Nunca Más, hasta la situación de hoy, donde por motivos
diversos, el tema ha quedado opacado en el mejor de los casos y ofrece un
panorama de hartazgo doliente, a pesar del esfuerzo de las instituciones, los
museos, las expresiones artísticas, los homenajes y la liturgia de los
compromisos de las recordaciones.
Por lo tanto, entendí que debía hacerme cargo de la imagen de aquel
intercambio de miradas, para luego, desenrollar el ovillo que me permita la
trama de este telar de la memoria.
Este relato lo anticipé en mi blog, con el título La inocencia de
mamá, de modo que quienes ya lo han leído, pueden pasar algunos renglones.
Dos mujeres se miran luego de un breve diálogo. Las dos se conocen desde
hace casi diez años, con la cotidianeidad escasa que otorga la
semiclandestinidad. Lo que saben de cada una, no supera apenas un mero nombre
falso (en una de ellas) y un intercambio de historias que las dos, suponen
oscuras.
La del nombre e historias verdaderas es mi madre, la otra, es una
militante de la Liga de los Derechos del Hombre.
La época de la escena, debe haber sido poco antes del mundial de
fútbol de 1978. Mi hermano y yo, como tantos jóvenes de esa generación,
habíamos estado comprometidos con algunos de los movimientos políticos desde
los finales de los años 60 y si bien, hacía tiempo que nos habíamos alejado (poco
antes del inicio de la dictadura), las noticias sobre las detenciones sin
derechos de algunos amigos y parientes, que hasta hacía poco era común verlos
en nuestra mesa, era un hecho habitual. Como todos sabemos, nadie tenía
noticias del destino que corrían y las sospechas estrujaban nuestros corazones.
Las dos mujeres cargaban sobre sus hombros, una historia de
arbitrariedad y de despojo. Siglos de inquisición que soportaron sus
antepasados, pogroms en el país de donde venían
y una amenaza nazi de su infancia en una América brutal, hacían que la
inautenticidad del derecho de las dos, lo sostuvieran como su condición estable
de vida.
La militante no quería admitir la confesión de esa mujer (mi madre)
y al principio, luego de la primera sorpresa, se lanzó a discutir. La militante
era una cobradora de un movimiento que nació para defender los derechos de la
humanidad, en una instalada semidictadura de las tantas de ese país brutal
americano en que les tocó caer. Hablo de la llamada década infame en nuestro
país, a partir del derrocamiento del Dr. Yrigoyen.
Sin embargo, la militante que debía contar con un lustro más que mi
madre, la que mediaba la superación del medio siglo, en algún lugar, entendía
la decisión de la otra. El cruce de los ojos de las dos, fue lo suficientemente
completo como para abarcar tanto sufrimiento.
Mi madre, luego de casi una década de aportar algún dinero a la
institución defensora de los derechos del hombre, le pidió a su visitante, que
no regresara más y le explicó, con todo el pudor que llevaba encima pero con la
decisión de una leona, que la presencia de esa visitadora en nuestra casa, para
los tiempos que corrían, representaba una amenaza que nadie podía negar, a
pesar de que adhería más que nunca con su trabajo. Pero ella, mi madre, no
quería que la presencia de esa cobradora, comprometiera su hogar y sobre todo,
la seguridad de sus hijos, que ya cargaban con un pasado político de los
movimientos populares argentinos, a los que se le agregaba, su condición de
jóvenes, estudiantes y si no fuera suficiente además, judíos.
La cobradora militante, con años de visitas a cárceles y prisiones
de todo tipo, ya sea por ella misma, como también por hijos u hombres que le
haya tocado en suerte, le regaló a mi madre, su mejor cara de desprecio por un
tiempo que debo creer, que para mi pobre madre, habrá sido la eternidad de su
ser adulta. Luego el brillo de esos ojos, destelló una emoción de esas, que por
lo menos yo, no tengo el oficio suficiente para describir. Hoy, que tengo la
edad de esas mujeres o quizás más, agradezco a la vida el no estar obligado a
pasar por escena semejante y éste, quizás sea el motivo más importante, que me
haya empujado luego tanto escepticismo, a retornar el abordaje del campo de la
política.
Porque esa judía militante, posiblemente del Partido Comunista,
abrocada en el stalinismo de la fortaleza de su coraza, con esa mirada, me
regaló una sabiduría que llevo hasta hoy y que como tanto, agradezco a todos
aquellos que fueron parte de cada gesto, que amasó al hombre que decide hoy, atravesar
estas líneas. Mi madre con su valentía, se hizo cargo de su miedo y de su
vergüenza, por cargar la cobardía necesaria para salvar aquello que más valía
en su vida. La cobradora en su reproche, cambió su mirada y en un silencio que
para todos fue de un inmenso dolor y derrota, se levantó de la mesa y casi
doblada, abandonó mi casa, para que nunca más volviéramos a verla. Pero yo
entendí que ella entendió y casi puedo asegurar que mi madre, no ha podido
hacerse cargo de lo mismo y esos ojos de esa mujer comprometida, es posible que
hayan quedado atravesados en los suyos para siempre.
Este episodio, es uno de los tantos de una relación del tipo sometedor
/ sometido, que proponen los sistemas que se alejan de la democracia
republicana y aún en ella, a veces solemos detectar ciertos comportamientos que
nos hace suponer, que no es suficiente un sistema para contener cierta espontaneidad
de las sociedades en su composición gregaria, tanto es así, que solemos caer en
el lugar del sometedor algunas veces, que tejemos los pliegues que dan sentido,
a ser parte de eso que llamamos, La Condición Humana.
Recordando a León Gieco con
su himno en el que le pide al creador que la guerra no le sea indiferente:
“ es un monstruo grande y pisa fuerte
toda la inocencia de la gente”
Desde este punto de vista, es la inocencia la que es ultrajada,
tanto para el caso del que reviste de sometido, como para el que somete.
Escribir sobre Derechos Humanos a treinta años del retorno de la
democracia, pretende hacerse cargo del arco de la historia que le tocó a
nuestra nación y en particular, a la generación de la cual soy parte, con más
de sesenta años de dictadura, ya sea con las botas en el poder o por portación
de amenaza condicionada en los gobiernos democráticos, incluso en los dos
primeros de esta nueva etapa.
La situación del mundo actual, alejado de una guerra sorda bipolar,
que construyó las bases de los sistemas de opresión en el mundo del siglo
veinte, no garantiza que los derechos humanos sean respetados, pero sí, la
ausencia de la violencia implícita de esa tensión, permite que el tema, pueda
ser abordado desde espacios, donde la urgencia no lo ocupe todo.
Y esto, para quien ha vivido ese mundo bipolar y que ha nacido en
democracia, pero que ha vivido en dictaduras la primera mitad de su vida,
representa un valor inmenso, que merece tenerlo en cuenta. Esto pretende decir
que, si bien para estos días, los derechos del hombre en nuestro entorno, están
lejos de ser respetados en su total integridad, teniendo presente los abusos al
poder, la marginación, la esclavitud y las leyes no escritas, la diferencia con
esos tiempos, merece ser evaluada y por lo tanto, invito a continuar con el
debate de aquel pasado doloroso, asumiendo la vergüenza de nuestras pequeñeces,
como ha ocurrido con mi madre esa tarde, en el comedor de la casa de mi
infancia.
Es muy probable que no nos pongamos de acuerdo. Ese es el desafío
de una sociedad en democracia.
Pero aunque sea un camino con rumbo incierto, la búsqueda de la
verdad, nos transforma en constructores de caminos, como alquimistas del
destino.

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