domingo, 14 de septiembre de 2014

Introducción




Al término del cumpleaños número 72 de Albert Einstein, el fotógrafo Arthur Sasse, quiso retratarlo con una gran sonrisa. En cambio, el genio se decidió por sacar la lengua y el resultado es la foto que inicia este trabajo.
No es la primera vez que esta imagen se me presenta, me resulta espléndida entre otras posibilidades, para quitar la solemnidad a ciertos absolutos, que suelen ser difíciles de digerir, como ocurre en este caso.
Casi un año después de haber subido a la web las palabras que siguen, consideré oportuno hacerles alguna publicidad y consideré que les estaba faltando algo.
Quizás, alguno de los lectores adentrados en el alma humana, pueda ofrecer alguna explicación a esta asociación. En lo que a mi respecta, supongo que las últimas frases de ¿Qué hiciste en la guerra papi? me lo sugieren.

Cuando me invitaron a trabajar sobre contenidos políticos de derechos humanos, no pude evitar que una imagen se apoderara de mis sentidos cada vez que lo intentaba abordar, pero supuse que sería transitoria y que luego la desecharía.
El tema de los derechos humanos en nuestro país, es lo suficientemente complejo, a poco menos de una generación de la última de las dictaduras, como para que una cuestión personal lo prologue, ya que luego, (las cuestiones personales), suelen entrampar los conceptos y se hace difícil sostenerlos luego en un trabajo de esta índole.
Sin embargo, la imagen seguía presente, aún cuando comencé con la parábola, que la cuestión de los derechos de las personas atravesó en estos últimos treinta años, desde la apertura democrática con los juicios a las juntas militares y el Nunca Más, hasta la situación de hoy, donde por motivos diversos, el tema ha quedado opacado en el mejor de los casos y ofrece un panorama de hartazgo doliente, a pesar del esfuerzo de las instituciones, los museos, las expresiones artísticas, los homenajes y la liturgia de los compromisos de las recordaciones.
Por lo tanto, entendí que debía hacerme cargo de la imagen de aquel intercambio de miradas, para luego, desenrollar el ovillo que me permita la trama de este telar de la memoria.
Este relato lo anticipé en mi blog, con el título La inocencia de mamá, de modo que quienes ya lo han leído, pueden pasar algunos renglones.


Dos mujeres se miran luego de un breve diálogo. Las dos se conocen desde hace casi diez años, con la cotidianeidad escasa que otorga la semiclandestinidad. Lo que saben de cada una, no supera apenas un mero nombre falso (en una de ellas) y un intercambio de historias que las dos, suponen oscuras.
La del nombre e historias verdaderas es mi madre, la otra, es una militante de la Liga de los Derechos del Hombre.
La época de la escena, debe haber sido poco antes del mundial de fútbol de 1978. Mi hermano y yo, como tantos jóvenes de esa generación, habíamos estado comprometidos con algunos de los movimientos políticos desde los finales de los años 60 y si bien, hacía tiempo que nos habíamos alejado (poco antes del inicio de la dictadura), las noticias sobre las detenciones sin derechos de algunos amigos y parientes, que hasta hacía poco era común verlos en nuestra mesa, era un hecho habitual. Como todos sabemos, nadie tenía noticias del destino que corrían y las sospechas estrujaban nuestros corazones.
Las dos mujeres cargaban sobre sus hombros, una historia de arbitrariedad y de despojo. Siglos de inquisición que soportaron sus antepasados, pogroms en el país de donde venían  y una amenaza nazi de su infancia en una América brutal, hacían que la inautenticidad del derecho de las dos, lo sostuvieran como su condición estable de vida.
La militante no quería admitir la confesión de esa mujer (mi madre) y al principio, luego de la primera sorpresa, se lanzó a discutir. La militante era una cobradora de un movimiento que nació para defender los derechos de la humanidad, en una instalada semidictadura de las tantas de ese país brutal americano en que les tocó caer. Hablo de la llamada década infame en nuestro país, a partir del derrocamiento del Dr. Yrigoyen.
Sin embargo, la militante que debía contar con un lustro más que mi madre, la que mediaba la superación del medio siglo, en algún lugar, entendía la decisión de la otra. El cruce de los ojos de las dos, fue lo suficientemente completo como para abarcar tanto sufrimiento.
Mi madre, luego de casi una década de aportar algún dinero a la institución defensora de los derechos del hombre, le pidió a su visitante, que no regresara más y le explicó, con todo el pudor que llevaba encima pero con la decisión de una leona, que la presencia de esa visitadora en nuestra casa, para los tiempos que corrían, representaba una amenaza que nadie podía negar, a pesar de que adhería más que nunca con su trabajo. Pero ella, mi madre, no quería que la presencia de esa cobradora, comprometiera su hogar y sobre todo, la seguridad de sus hijos, que ya cargaban con un pasado político de los movimientos populares argentinos, a los que se le agregaba, su condición de jóvenes, estudiantes y si no fuera suficiente además, judíos.
La cobradora militante, con años de visitas a cárceles y prisiones de todo tipo, ya sea por ella misma, como también por hijos u hombres que le haya tocado en suerte, le regaló a mi madre, su mejor cara de desprecio por un tiempo que debo creer, que para mi pobre madre, habrá sido la eternidad de su ser adulta. Luego el brillo de esos ojos, destelló una emoción de esas, que por lo menos yo, no tengo el oficio suficiente para describir. Hoy, que tengo la edad de esas mujeres o quizás más, agradezco a la vida el no estar obligado a pasar por escena semejante y éste, quizás sea el motivo más importante, que me haya empujado luego tanto escepticismo, a retornar el abordaje del campo de la política.
Porque esa judía militante, posiblemente del Partido Comunista, abrocada en el stalinismo de la fortaleza de su coraza, con esa mirada, me regaló una sabiduría que llevo hasta hoy y que como tanto, agradezco a todos aquellos que fueron parte de cada gesto, que amasó al hombre que decide hoy, atravesar estas líneas. Mi madre con su valentía, se hizo cargo de su miedo y de su vergüenza, por cargar la cobardía necesaria para salvar aquello que más valía en su vida. La cobradora en su reproche, cambió su mirada y en un silencio que para todos fue de un inmenso dolor y derrota, se levantó de la mesa y casi doblada, abandonó mi casa, para que nunca más volviéramos a verla. Pero yo entendí que ella entendió y casi puedo asegurar que mi madre, no ha podido hacerse cargo de lo mismo y esos ojos de esa mujer comprometida, es posible que hayan quedado atravesados en los suyos para siempre.
Este episodio, es uno de los tantos de una relación del tipo sometedor / sometido, que proponen los sistemas que se alejan de la democracia republicana y aún en ella, a veces solemos detectar ciertos comportamientos que nos hace suponer, que no es suficiente un sistema para contener cierta espontaneidad de las sociedades en su composición gregaria, tanto es así, que solemos caer en el lugar del sometedor algunas veces, que tejemos los pliegues que dan sentido, a ser parte de eso que llamamos, La Condición Humana.

Recordando a León Gieco  con su himno en el que le pide al creador que la guerra no le sea indiferente:
“ es un monstruo grande y pisa fuerte
toda la inocencia de la gente”

Desde este punto de vista, es la inocencia la que es ultrajada, tanto para el caso del que reviste de sometido, como para el que somete.
Escribir sobre Derechos Humanos a treinta años del retorno de la democracia, pretende hacerse cargo del arco de la historia que le tocó a nuestra nación y en particular, a la generación de la cual soy parte, con más de sesenta años de dictadura, ya sea con las botas en el poder o por portación de amenaza condicionada en los gobiernos democráticos, incluso en los dos primeros de esta nueva etapa.
La situación del mundo actual, alejado de una guerra sorda bipolar, que construyó las bases de los sistemas de opresión en el mundo del siglo veinte, no garantiza que los derechos humanos sean respetados, pero sí, la ausencia de la violencia implícita de esa tensión, permite que el tema, pueda ser abordado desde espacios, donde la urgencia no lo ocupe todo.
Y esto, para quien ha vivido ese mundo bipolar y que ha nacido en democracia, pero que ha vivido en dictaduras la primera mitad de su vida, representa un valor inmenso, que merece tenerlo en cuenta. Esto pretende decir que, si bien para estos días, los derechos del hombre en nuestro entorno, están lejos de ser respetados en su total integridad, teniendo presente los abusos al poder, la marginación, la esclavitud y las leyes no escritas, la diferencia con esos tiempos, merece ser evaluada y por lo tanto, invito a continuar con el debate de aquel pasado doloroso, asumiendo la vergüenza de nuestras pequeñeces, como ha ocurrido con mi madre esa tarde, en el comedor de la casa de mi infancia.

Es muy probable que no nos pongamos de acuerdo. Ese es el desafío de una sociedad en democracia.

Pero aunque sea un camino con rumbo incierto, la búsqueda de la verdad, nos transforma en constructores de caminos, como alquimistas del destino.

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