El
título de esta segunda parte, ha sido tomado de la comedia bélica hollywoodense
de Black Edwards, que nació con esa pregunta que le hizo su hijo. El film es
una farsa, que tiene como escenario una tragedia, como lo ha sido la Segunda
Guerra Mundial. El director como tantos, nos ha obsequiado su talento, para que
podamos transitar nuestra cotidianeidad de un modo algo más amable.
Aprovecho para recordar a otro talento:
“El humor es la gentileza de
la desesperación” Oscar Wilde.
Cargado con este ingrediente, arranco con la esperanza de que
logremos aumentar la resiliencia del trauma de los desaparecidos y del atropello
a los derechos humanos que hemos padecido en nuestro país y lo hago, recordando
que estamos metidos dentro del horno de revenido que estamos construyendo desde
los finales de 1983.
Dentro del horno, las temperaturas medias de caricia, sacan algunas
ropas algo estropeadas, que ni pueden salvarse con un lavado. Sin embargo, no
nos quedan otras, así que es mejor tratarlas con cuidado, zurcir lo que haga
falta, emparchar lo menos posible y lavar con el cariño que se le tiene, a las
reliquias que nos han dejado las abuelas.
Pero como suele ocurrir cada vez que nos metemos dentro del arcón,
los daguerrotipos aún borrosos, nos pegan en las fibras que menos recordamos.
Empecemos entonces por lo que más nos duele, así no pegamos más
vueltas, de modo que lo que viene luego quizás, nos resulte algo más liviano.
Guerra Sucia. Éste es el nombre más usado
para describir una guerra civil, que un sector importante de argentinos han
librado y que otro sector, que supuso y aún supone, no haber sido parte de la
contienda, como suele ocurrir, padeció y se comprometió de buena o mala manera.
Es curioso el calificativo que pretende desvalorizar la guerra que
se desató y que de algún modo, intenta minimizarla. Lo llamativo además, es que
se ha elegido una expresión absurda para adjetivar una guerra. ¿Acaso alguien
conoce alguna guerra que sea limpia? La suciedad, llegado el caso, es parte
intrínseca del conflicto que lleva a la muerte y a la desolación, a miles de
personas.
Y esta Guerra Civil, como ocurrió también con la Española y algunas
otras, era la parte local de una guerra inscripta dentro de un tironeo de
proporciones, que superaban las fronteras del país.
Dada la magnitud de las personas involucradas, fue quizás una de
las revueltas más prolongadas en tiempo y en participación social.
Hablo de la llamada Guerra Fría entre capitalistas y comunistas de
los nuestros y de los otros.
La virulencia de las guerras de todo el siglo XX, arrancaron con el
final de las monarquías europeas a mediados del siglo XIX y con la dinámica del
ascenso social de las masas sumergidas, que afloraron a la superficie en
calidad de clase, a partir del desarrollo de la segunda revolución industrial.
Semejante erupción social, se tragó las organizaciones clásicas que durante
siglos, se mantenían vigentes y salieron a la luz, alternativas modernas de
apoderamiento de lo público desde las clases más sumergidas. Los anarquistas
inicialmente, los socialistas utópicos casi en simultáneo y luego Marx, cierran
el círculo del arranque del último mundo moderno.
Tanto en las secesiones ocurridas en las dos puntas de las Américas
en la segunda mitad del siglo XIX, como en las trifulcas europeas, los
conceptos ideológicos respondían (y aún lo hacen), a necesidades de resolución
gregaria, para dirimir espacios de poder. Las lealtades, confluyen desde
distintas vertientes, pero lo afectivo y la pertenencia al suelo, suele ser
determinante en las pasiones que se ponen en juego. (Acá se ha lucido con ese
estilo, el ya citado Lugones).
La Guerra Fría comenzó formalmente en los finales de los años
cuarenta cuando la alianza transitoria entre EEUU y la URSS, fundada en la
Segunda Guerra mundial llegó a su fin. El adjetivo calificativo de fría, hace
entender, que los dos bandos nunca intercambiaron fuego más que por sus
intermediarios. El eufemismo, es similar al nuestro de la mugre, ya que hubo un
mundo calentito, tanto que hasta casi volamos todos por los aires con la crisis
de los misiles en 1962.
Pero esa Guerra comenzó mucho antes de que los supuestos
contendientes siquiera pudieran advertirlo.
Es quizás algo tedioso enunciar los temas históricos, pero creo
oportuno hacerlo para no dejar cuestiones libradas a los supuestos básicos, que
casualmente, son los que atentan a trabajar sobre una tragedia, de la cual, ni
siquiera sabemos si estamos saliendo.
En nuestro país, la contienda que estaba naciendo en el centro de
Europa, ni se rozaba en los finales del siglo diecinueve. Los nacionales con
los autonomistas, gracias al genio político de Mitre, finalmente se agruparon
en el PAN y Roca, inicia los cincuenta años de crecimiento vertiginoso de la
república del sur americano. Pero en la otra orilla, en los centros donde el
poder se corroía, la monarquía se estaba muriendo y el nuevo sistema industrial
con acumulación de capital, corría el peligro de no llegar a la adultez. Tanto
en la Alemania industriosa, como en la arrogante Inglaterra, las dos grandes
naciones de mayor desarrollo, el marxismo y el anarquismo, amenazaban tanto,
como las apetencias de poder que aún no se habían terminado de dirimir entre
los imperios en pugna.
La historia la conocemos. El imperio más poderoso en riquezas y
extensión, pero el de mayor atraso en su desarrollo industrial, fue el que ni
siquiera pasó por la experiencia capitalista y se graduó sin examen, en un
sistema comunista, que duró algo más de setenta años.
En el medio, dos grandes guerras y un período de más de quince años
de regímenes fascistas, completó la grilla, donde la pregunta de ese hijo, que
hiciste en la guerra papá, cada nación de las que llamamos periféricas, elegía
su respuesta del modo que podía.
En nuestro país, anarquistas, socialistas y comunistas,
protagonizaron las primeras luchas de posicionamiento de las clases sumergidas.
En todos los casos, importantes figuras del pensamiento y de las artes los
acompañaron. Muchas veces, políticos tradicionales del radicalismo y del
socialismo, adhirieron a sus proclamas sobre todo, a partir del golpe de estado
que derrocó al Dr. Irigoyen. El sindicalismo de la FOA, FORA, CUT y por último,
la CGT, fueron los protagonistas de los cambios políticos que pasaron
finalmente, por el tamiz ideológico del peronismo, hasta llegar hasta nuestros
días.
El comunismo, en una Europa que había pasado por la Segunda Guerra,
se aquerenció en los países que quedaron “del otro lado de la cortina”,
mientras que en los de éste lado, encontró algún lugar para calentarse al Sol
del sistema democrático, sin mayores perturbaciones.
Sin embargo, en la brutal América, la situación amenazaba y se puso
verdaderamente aguda desde los finales de los años cincuenta, con el conflicto
de Corea, MacCarthy y finalmente, con la revolución cubana y Vietnam.
A partir del final de la Primera Guerra Mundial, el sueño utópico
de un mundo mejor, dejó de ser utópico en lo que se llamó occidente. Un grupo
inmenso de personas, entendió que el marxismo y sus posteriores apóstoles,
Lenin, Trotstky, Stalin, Mao, entre otros, daban una respuesta a los flagelos
naturales de la condición humana, representada cabalmente por el capitalismo
acumulativo y su condición desarrollada, el llamado imperialismo.
Ejércitos de jóvenes y no tanto, salieron a las calles a manifestar
su necesidad de cambio frente a la injusticia que representaba la
cotidianeidad. El cambio social estaba en ciernes y sólo era posible su logro,
con la entrega de vida que esas gestas exigen, del mismo modo que ocurrió,
cuando la humanidad en las Cruzadas, salió a la búsqueda del Santo Grial.
La devoción de millones en el mundo entero, seguían el sendero de una
esperanza, que holgadamente superaba a cualquier figura desde lo individual. La
pertenencia a esa lucha, ubicaba a quien se situara, en el lugar de la gracia.
El remate, lo produce un hombre singular como lo fue el Che Guevara
y su sentencia: “Crear, dos, tres, muchos Vietnam” y la guerra que él menciona.
Las críticas que se le hacían a la URSS, los vaivenes políticos de
los distintos espacios de las izquierdas, no eran suficientes para corroer la
imagen de que un mundo mejor era posible y de que el camino final, estaba
situado en el marxismo leninismo con alguna de sus múltiples variantes.
La pasión que por siglos despertaron los monoteísmos, se trasladó a
una nueva forma superadora de esta pequeña criatura, que es capaz de ser, el
lobo de sí mismo.
Por otro lado, una mayoría azorada, vivía preocupada por la amenaza
de un cambio de vida, que lejos de parecerles grata, resultaba opresiva por las
certezas de la persecución stalinista y por el flagelo del ateísmo. Los
sectores de poder de occidente, se hicieron cargo de esa posición y se encontraron
con sus responsabilidades en su lugar de lucha.
La vieja Europa supo sostener, salvo en la península Ibérica y en
Grecia, un modo sencillo de convivencia con el Pacto de Varsovia. En Oriente,
el conflicto estalló y la gran China tomó partido y se encendieron Corea y
Vietnam. El acorazado norteamericano y su sistema, también a su modo, puso
freno a aquella ilusión. Sin embargo, en el resto de América, un descalabro
político de cada una de las sociedades, necesitó que los regímenes militares se
hicieran cargo a golpe de metralla y de tortura.
Salvo excepciones, en todos los países de la América Latina, hubo
conatos de guerrilla y gobiernos militares que usurparon el poder civil.
(El Estado militar en América Latina, emecé, Alain Rouquié 1984).
Un juego macabro de espías, enviados especiales, diplomáticos y
aventureros, ocuparon todo ese tiempo, las primeras planas de la cultura, de la
economía y de la política.
El espionaje y su juego con los personajes de James Bond, El agente
de CIPOL, el Superagente 86, nos devuelven otra vez, la cita de la gentileza de
Wilde.
Mientras tanto, en la realidad concreta, la URSS a través del
Partido Comunista, alentó la insurrección y la guerrilla hasta bien entrada la
década del setenta. Entro otros, puedo citar:
El Lector de Julio Verne (Almudena Grande)
El Hombre que amaba a los Perros (Leonardo Padura)
Estos novelistas nos relatan hoy, la metodología que llevaban los
Partidos Comunistas locales en aquellas épocas, mezclados con la diplomacia de
la URSS, con su apoyo a la insurrección en España durante y luego de la Guerra
Civil y colateralmente, fotografiaron el estilo de la metodología del Estado
Comunista en otras partes del mundo y en nuestras costas.
Basta citar la historia de África de Las Heras
Espía soviética, nacida en alguna colonia africana española, amante
de Ramón Mercader, quien acabaría con la vida de Trotsky, muy bien retratada
por Padura en el libro citado.
África, luego de haber influido en ese amante en complicidad con la
madre de él, realizó toda serie de acciones. Pero lo importante, fue que por
orden de sus superiores, seduce a un escritor uruguayo, Felisberto Hernández , que como
todos los que escribimos, solía tener la cabeza en cualquier parte, pero parece que otras
zonas, las tenía bien plantadas. Se casa con él para asegurarse la
cobertura de su labor de espionaje en la región, que se prolonga por casi
veinte años. Cuando el escritor dejó de serle útil, se divorció de él y reincidió con
un camarada. Carga además, con la sospecha de haber envenenado a su último
marido colega, porque el hombre, había sido declarado traidor por el gran líder
Stalin. Padura la describe como una bellísima mujer, fría como un témpano,
calculadora y fanática como pocos. Curioso es que la dama, que ha vivido en
tantas partes y que lleva un nombre que delata haber nacido en un continente
exótico, termina sus días en la todavía URSS y es enterrada con su nombre de
guerra, que no era otro que “Patria”. Vemos nuevamente, como el contorno de un
sentimiento compartido, se parece en cada uno de nosotros, pero vemos también,
cómo difiere su sustrato cuando lo arañamos un poco. ¿Cuál habrá sido la Patria
de esa mujer?
Por otra parte, los EEUU tampoco se quedaron quietos y la Guerra
Fría, se cobraba sus víctimas en las Guerras de Corea y de Vietnam, participaba
lateralmente en Medio Oriente y orientaba con la Escuela de las Américas a los
militares latinoamericanos.
Quizás resulte ilustrativa la historia de Dan Mitrione
y el film en el que Costa Gavras relata su secuestro y posterior
asesinato por los Tupamaros
El director lo presenta como un cínico funcionario de la muerte y
de la tortura. Lo que figura de él en la red lo ayuda poco y nadie se ha propuesto
defenderlo. El desprecio que aflora en el espectador, induce a que su asesinato,
no solo resulte justificado, sino que también glorificado.
En la ya mencionada La Batalla de Argelia
La protagonista guerrillera, cruza sus ojos con un bebé bellísimo
en un café, donde deposita una bomba que hará estallar el lugar en poco tiempo.
El film pretende justificar un hecho brutal como lo es el asesinato de un bebé,
en respuesta del aplastamiento de un pueblo por otro.
Vemos que desde diversos lugares de la cultura, el atentado y el
secuestro seguido de muerte, se encontraba justificado en el hecho central del
significante de una guerra. Cuando un aviador lanza bombas sobre un poblado, no
puede evitar que se dañen civiles, entre ellos niños.
Tanto desde las expresiones artísticas como desde la realidad de la
vida cotidiana, la violencia ha sido un ingrediente en cada sitio donde esos
cambios sociales se estaban poniendo en escena. Vemos que el secuestro y
posterior asesinato de figuras representantes de un sistema opresor, estaba
aceptado dentro de un ámbito carente de derecho tanto individual como político.
Quizás sea por eso, que en las sociedades europeas donde la democracia, bien o
mal estaba presente, era raro encontrar movimientos marxistas guerrilleros, o a
lo sumo, estábamos en presencia de grupos nacionalistas, que despreciaban tanto
a la democracia burguesa como al marxismo y jamás lograron adhesiones de gran
popularidad.
Pero en América Latina la situación era diferente.
Si bien la URSS en la segunda mitad de los años sesenta, ya había
decidido dejar de apoyar los movimientos guerrilleros, la situación interna de
la tensión política imperante en el mundo “del otro lado de la cortina” era
algo ajena al día a día del mundo de occidente. Y luego vino el Ché en su
última maniobra, que produjo la impronta del mito.
No pongo en detalle aquello que produce el mito, sino que lo que me
interesa para este horno, es el resultado. Vemos en el trabajo de Freud, que
para la introyección del yo, hace falta el hambre, pero también, las ganas de
comer.
La guerriila en la Argentina data de los tiempos de la
independencia. Las montoneras respondían a caudillos, que asestaban golpes
furibundos a las tropas realistas, de los cuales, los más destacados han sido
Güemes en Salta y Artigas en la Banda Oriental. Pero en el siglo XX, ya habían
aparecido conatos guerrilleros, llevados de la mano del líder peronista y luego
confeso marxista, John W. Cooke, los conocidos por Uturuncos, a los cuatro años
de la caída del líder.
Los movimientos guerrilleros, gozaban de gran estima en la clase
media ilustrada, sostenida por las gestas heroicas de los partisanos europeos
en la Segunda Guerra y finalmente, por la victoria de Fidel Castro en Cuba, con
su estandarte el Ché, todavía con vida.
Sin embargo, el peronismo, no gozaba de buena reputación en las clases
medias, que traían un origen radical, socialista o comunista. Los movimientos
guerrilleros de los Uturuncos y aquellos que realizó Masetti en Bolivia, no
llegaron a producir adhesión, a pesar del triunfo de la revolución cubana.
Vemos que la Guerra Fría estuvo presente y sin embargo, pocos
tomaron registro de esa situación, admitiendo que cada uno libraba su batalla,
desde sus fronteras con enemigos cercanos, lo cual era rigurosamente cierto.
La resitencia peronista es quizás, el mejor ejemplo de la
singularidad de nuestra sociedad y en la evidente dificultad para asociar la
Guerra Fría, a un conflicto local donde los gigantes EEUU y la URSS, estaban
aparentemente fuera o eran enemigos demonizados. El devenir desde Cooke hasta
Montoneros, encajan esa tensión en el marco global.
Tanto las fuerzas de la OTAN como las de la URSS, con el racimo de
sus contradicciones internas, no hacían más que soplar las brasas que
calentaban el fuego, de las luchas internas de cada nación. Pero esa guerra, la
llamada Fría, casualmente estaba por encima de cada contradicción local. Y no
es que nadie lo declarara, por el contrario, su exposición, tanto desde las
llamadas derechas como desde las izquierdas, no hacía más que embarrar aún más,
la cancha de los conflictos.
Considero importante la inclusión de los valores románticos en este
guiso, de los que ya me detuve en el capítulo anterior, pero ahora los vemos
desde otra óptica.
Desde algunos sectores de la izquierda, aquellos que sostenían los
conceptos de Stalin, Mao y luego el peronismo llamado revolucionario, adherían
a que “era imprescindible resolver las contradicciones imperialismo/nación,
para luego abordar los de la burguesía/proletariado”
Vemos como desde la estrategia, eran valorados los conceptos
pasionales del amor al suelo, vale decir, que había un enemigo en los EEUU que
era imprescindible derrotar, para luego resolver el tema central, que era la
revolución comunista.
La decisión de los militantes, algunos de ellos devenidos a
guerrilleros, de poner en riesgo su vida, para ser parte de un destino mejor e
inexorable, habla de una inclusión en una misión que supera lo individual,
imprescindible para el quiebre de los acontecimientos sociales, que ha llevado
a nuestra humanidad en todo su derrotero.
La militancia de las izquierdas en nuestro país han sido
comprometidas y bastante numerosas. El peronismo logró capturar algunas
voluntades de esos movimientos en las dos primeras presidencias, pero a pesar
de haberles quitado las bases populares, las izquierdas, naturalmente
antiperonistas, se mantuvieron gozando de muy buena salud, a pesar del
peronismo y de las contradicciones que atravesaron en esos períodos.
Es aparentemente paradojal esto de que las izquierdas fueran
naturalmente antiperonistas, considerando que una de las organizaciones
guerrilleras más importantes de la historia de Latinoamérica, se autodenominó
marxista y peronista.
Es curioso el derrotero de Montoneros, organización ecléctica,
donde convivían desde sus inicios, cursillistas del Opus Dei, nacionalistas de
la antigua organización Tacuara, tradicionales peronistas y antiguos militantes
del Partido Comunista. Ha sido quizás, la organización más popular de las que
participaron en América Latina y logró la confluencia de adhesión de una
sociedad anticomunista, como lo eran los obreros peronistas. Esta rara
aceptación, nace a partir del secuestro y posterior ejecución, de una figura
antipática, como lo fue el general Aramburu.
Vemos nuevamente como un hecho atroz es justificado y glorificado
en una sociedad atrapada, donde la justicia y los derechos no son respetados.
La paradoja del marxismo en el peronismo, podemos aceptarla, como una
justificación del uso del fetiche, tal como lo presenta en su novela Soriano,
No habrá más Penas ni Olvidos.
Desde mi modesta opinión, Perón jamás consideró la posibilidad del
marxismo como salida antes de su destitución en 1955. Es conocida la acción de
la Sección Especial persiguiendo a los comunistas. Recordemos su discurso en la
Bolsa ce Comercio, donde no sólo anticipa la Guerra Fría antes que se desate,
sino que propone un modo de quedar fuera de ella. Por supuesto, el General no
pudo convencer a sus interlocutores y la Guerra Civil que nos advirtió, no sólo
ocurrió, sino que contó con él como protagonista inevitable.
Tampoco tomó partido para esa dirección en su destierro y mucho
menos, en su breve presidencia antes de su muerte. Cierta ambivalencia natural
en un político de raza, quizás hizo suponer a algunos, que podían torcerle el
brazo. La frase que se escuchaba a menudo era que Perón, hacía el guiño para la
izquierda, pero que siempre giraba a la derecha.
Una guerra es un hecho atroz, pero mucho peor es no tomar
conciencia de lo que una guerra significa. Perón era militar y de eso conocía
lo suficiente.
Que la Guerra Fría haya terminado, no significa que todavía no nos
estemos tropezando con los residuos que dejó. El delito, la corrupción, los
negocios de esclavitud y de drogas, es algo de lo que el sumidero delata. Si
salimos a enfrentar esas miserias, como lo hicimos en la gloria de las luchas
para cambiar el mundo en el pasado, los resultados ya los conocemos.
Agradezcamos a quien corresponda, la vida que hemos recibido así
hayamos estado llorando a nuestros deudos, habiendo soportado las penurias y
también, si fuimos parte de los que produjeron el dolor. La justicia está
obligada a seguir trabajando para que cada uno pague lo que deba pagar, aún
asumiendo que eso, no es más que un consuelo a esta paradoja que es, intentar hacer
justicia, en esos resquicios duros de la conducta humana. Agradezcamos quienes
no hemos caído en la trampa de la tómbola, tanto sea por no haber sido de los
que torturaron, como de los que sufrieron el dolor y la muerte y si lo fuimos,
agradezcamos seguir en este horno de revenido.
Pidamos que este temple con su revenido, nos haga tomar conciencia,
de que somos lobos de los otros lobos y que cualquiera de nosotros, si las
circunstancias se nos hubiesen dado, podríamos haber sido cualquiera de
aquellos protagonistas, esos que transitaron el dolor, como aquellos que se
hicieron cargo de ejercerlo.
Les recuerdo mi nota Un recuerdo de Borges del blog
Donde traigo el Deutsches Réquiem del maestro.
Cada uno de aquellos que encarnaron en la piel de Kurtz,
transformaban al otro, en un ser distinto a ellos. Ése a quien debían torturar
y asesinar, ya no era un par, sino que era un ente a exterminar como un
demonio, al que primero se le teme, pero que luego de asumir el valor
suficiente para enfrentarlo y percibir su pobre fortaleza, se disfruta de su
padecimiento y de la encrucijada de perderlo, hasta extirparlo de la faz de la
Tierra. La víctima en estos casos, está cargada del peligro que acecha, hasta
que se la logra acorralar y tenerla al alcance.
Volvamos entonces a la pretendida suciedad de nuestra guerra.
En los dibujos de los manuales de mi escuela primaria, el General
Dorrego enfrenta al pelotón que lo ultima, con el pecho abierto y la dignidad
de los héroes. En los fusilamientos de los intentos de fuga fraguados, los
desdichados corren hasta su destino de muerte por la espalda, en una imagen poco
prolija para el manual. Pero igual Dorrego cayó tan muerto como todos los
demás.
En los manuales de la escuela, no se han dibujado todavía, los
tratos especiales a nuestros habitantes originarios, guerreros o no, mujeres y
niños primero, que le han dedicado las campañas del desierto de Rosas y de
Roca, ni tampoco, el modo en que se trataba a un soldado, cuando éste caía en
manos de las tribus.
Pero una guerra de guerrillas, ataca al enemigo de la forma que sea
y entiende, que ése el modo natural de desestabilizar un sistema. La joven de
la bomba de la Batalla de Argelia, sabe que la muerte de ese bebé y de tantos
civiles en el bar, es el precio de la independencia y de su libertad.
Las fuerzas armadas de Francia, EEUU, Portugal, URSS y las del país
que se considere, cuando las circunstancias lo exigieron, han utilizado la
tortura y los secuestros, como modo rutinario para la lucha y ése es el destino
en el film de la joven del bar, cuando cae en las manos del Coronel Mathieu, el
comandante de las tropas de ocupación.
Hay unas cuantas voces que opinan que nuestras fuerzas armadas no
han hecho otra cosa que lo que se esperaba de ellos. Triunfaron en la guerra
contra la anarquía de la izquierda y lejos de agradecer, esta sociedad los
culpabiliza. Entienden que quizás, se les haya pasado un poco la mano, pero aún
así, cuando hay que extirpar un cáncer, algunas veces hay que desprenderse de
tejido sano. El único pecado que nuestra sociedad no perdona, es que nos hayan
derrotado en la guerra de Malvinas.
Hay algunos en nuestra sociedad que opinan lo mismo, pero prefieren
quedarse callados, es indefendible por ahora esa posición, ya llegará el
momento de hacerlo si llega, mientras tanto, poco importa seguir con el tema.
Hay otras voces que sostienen, que los motivos y las acciones de
los grupos guerrilleros y de todos los que atacaron a los gobiernos
dictatoriales, corresponden a gestas heroicas y que hay pocos que logran
capturar su verdadera dimensión. Entienden que su único pecado, es haber sido
derrotados militarmente por métodos brutales que pocos podían suponer.
Entienden además, que el otro pecado, es haber adherido desde un bando, que
fatalmente quedó derrotado con la caída del muro.
Hay algunos también que callan a pesar de estar de acuerdo,
entienden que es poco oportuno levantar esas banderas y alcanza con sostener el
sacrificio de los caídos.
Hay otras voces que sostienen que lo que ocurrió, fue una locura de
la cual, ellos fueron espectadores inocentes y que padecieron los horrores de
las dictaduras y del ataque de los grupos de aventureros, que embarcados en un
sueño utópico, salieron a enfrentar la injusticia de un modo equivocado. Tanto
unos como otros, arman el entramado de los famosos dos demonios y esos que
piensan de este modo, cuestionan tanto el proceder de los militares, como el de
la guerrilla. Aceptan que la derrota de Malvinas fue una bendición y lo
expresan a viva voz, a pesar de que lloran a los caídos.
Hay otros que confiesan su arrepentimiento por haber estado en uno
u otro lugar, y quedan azorados al volver la vista atrás y comprender, hasta
donde uno puede llegar. Critican habitualmente desde ellos, su propia historia
y la de los que los acompañaron de un lado y del otro.
Hay más variantes del enfoque de este caldero que sigue encendido y
las aristas complejas de la condición humana capaces de atravesar el horror,
nos siguen asombrando tanto, que no nos es posible encarnar semejante dolor. De
modo, que el difícil acto de hacer justicia, quizás nos deje con la sensación
de no haber llegado nunca a arañar siquiera, la dura costra de lo que eso
significa.
Y si alguna vez nuestros hijos nos preguntaran lo que el hijo de
Edwards, es probable que no podamos ser todo los sinceros que debiéramos ser.
Cierro con dos relatos, uno corresponde a una crónica de prensa
para el libro Putas y Guerrilleras de Miriam Lewin, que habla sobre un almuerzo
con la mítica Mirtha Legrand.
Mientras me tocó leerlo, pude adivinar el modo en que algunos
huevos de la serpiente de los demonios, descienden en nuestra tierra fértil. Es algo prolongado, perece la paciencia de leerlo.
“Por Miriam Lewin 5/5/2014
Página 12
Era un 24 de marzo,
aniversario del golpe, y me habían invitado a Almorzando con Mirtha Legrand.
Aceptar estar ahí significaba para mí renunciar a ir a la ESMA, ahora a un acto
multitudinario, el día de su conversión en espacio para la memoria. Decidí ir
al programa de la ex diva del cine argentino devenida entrevistadora, sobre
todo porque iban también Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de
Mayo, y Mariana Pérez, cuyos padres, desaparecidos, habían militado conmigo.
Mariana había buscado incansablemente a su hermano Rodolfo, nacido en la
Escuela. Yo había estado presente en el parto. Había visto a ese bebé sobre el
pecho de su madre, sabía que había sido arrebatado después y había declarado en
tribunales sobre el tema. La mesa la completaban dos jueces del Juicio a las
Juntas y un periodista. Seguramente el programa iba a ser visto desde sus casas
por mucha gente que aún no sabía o no reconocía la verdadera dimensión de lo
que había pasado en los dominios del grupo de tareas 3.3.2. Otros miles de
personas se reunirían a la misma hora en Avenida del Libertador, frente al
campo de concentración, donde el presidente Néstor Kirchner iba a compartir el
escenario con Juan Cabandié, otro recién nacido a quien yo había visto en
noviembre de 1977 en un pasillo del campo, en brazos de su mamá, una chica de
dieciséis años, después asesinada.
Llegué temprano. Un productor
veterano, que conocía sólo de vista, me atajó en la entrada. Me llevó a un
costado y, consternado, me advirtió que “la vieja” tenía planeado hacerme
algunas preguntas inconvenientes y que quería que yo estuviera prevenida.
¿Qué preguntas
inconvenientes? –indagué, con la seguridad de que no iba a ir más allá de lo
que alguna vez me habían preguntado los defensores de los militares en algún
proceso al que había ido como testigo. Por lo general, me atribuían –para
descalificarme– hechos armados, atentados o secuestros en los que no había
participado.
El productor tosió, nervioso.
–No sé, me imagino que algo
tendrá que ver con la colaboración, con la delación. Te lo adelanto para que no
te sientas incómoda.
–No te preocupes, estoy
acostumbrada. Te lo agradezco mucho.
Tenía en claro para qué
estaba ahí y las intrigas no me importaban. El día de la recuperación del
espacio del campo de concentración para la sociedad civil yo le iba a hablar a
una parte de ella que tal vez nunca había prestado atención al tema. Tal vez si
lo decía sentada a la mesa de Mirtha todos comprenderían. Me vinieron a buscar
y me arrearon al estudio.
Detrás de unos paneles me
colocaron el micrófono, casi invisible, un cable que trepaba por debajo de mis
ropas hasta el escote y un receptor colgando de la cintura. En pocos minutos
estaba en el centro de la escena, rodeada por cristales, jarrones con flores,
brocatos, caireles, alfombras y cortinados. Ya había concluido el rito
acostumbrado de la descripción del vestuario, zapatos y joyas de la conductora,
y las risitas y aplausos del enjambre de asistentes y empleados que la
acompañaba detrás de cámaras.
Era una jornada especial. No
hubo almuerzo servido por mucamas de uniforme. Tampoco se distribuyó el regalo
acostumbrado para cada invitado, un reloj pulsera. “No es un día para
festejar”, dijo Mirtha, y todos asintieron, admirando su sensibilidad.
No sé cómo ocurrió. No me
acuerdo si ella tenía la pregunta anotada en un papel “ayudamemoria”. Tampoco
recuerdo si en ese momento estábamos solas, todo lo solas que se puede estar
frente a una audiencia de cientos de miles de personas... Pero después de
hacerme una observación sobre lo bien que me quedaba mi nuevo color de pelo, me
disparó: “¿Es verdad que vos salías con el Tigre Acosta?”. Hubo un silencio
sólido, un contener la respiración de todos los que estaban en el estudio.
–¿Cómo que “salía”?
–Bueno... –reculó–. Si es
verdad que salían a cenar, eso es lo que dice la gente...
Inhalé profundamente, como
reuniendo fuerzas. Podría haberme levantado y salido del estudio, podría
haberme ofendido. Seguramente, la escena habría sido reproducida decenas de
veces en los programas de chismes del espectáculo. “Periodista de Puntodoc le
hace un desplante a Mirtha cuando le pregunta si tuvo un amorío (nadie diría
‘fue abusada sexualmente’, por supuesto) con el jefe del grupo de tareas de la
ESMA.” Pero no lo hice. Le respondí.
–Es verdad, nosotras mismas
lo relatamos en el libro Ese Infierno que escribimos sobre lo que vivimos en el
campo. Nos sacaban a cenar. No salíamos por nuestros propios medios. No
teníamos derecho a negarnos. Eramos prisioneras. Nos venían a buscar los
guardias en plena noche y nos llevaban. A una compañera, Cristina Aldini, el
Tigre Acosta la llevó a bailar a Mau Mau después del asesinato de su marido.
Que a una mujer la lleven a bailar a un lugar de moda los asesinos de su
compañero me pregunto si no es una forma refinada de tortura. A Cristina un
oficial de la ESMA le llevó la alianza de su esposo, Alejo Mallea, a su cucheta
en Capucha, adonde estaba engrillada, para demostrarle que lo habían asesinado.
Le preguntó si ella quería ver el cadáver. Cristina al principio dudó, pero
después aceptó porque pensó que, de lo contrario, siempre se iba a quedar con
la incertidumbre. Cuando lo vio, tenía dos tiros en la cara. Uno era el de
gracia, entre ceja y ceja. Lo habían ejecutado.
Mirtha se sintió en falta.
Miró detrás de cámaras, como buscando apoyo.
–Bueno, yo tengo que
preguntar...
Nadie contestó.
–¿O está mal que pregunte?
–dijo, al borde del lloriqueo, ensayando un mohín angelical.
Cuando todo terminó, me
acompañó a la puerta una productora.
–No sé cómo pedirte disculpas
–me dijo, resoplando y sacudiendo la cabeza. Me dio la impresión de que a ella
también le había dolido. Era una mujer de mi edad. Parecía abatida, indignada,
avergonzada. Tal vez tenía algún pariente o amigo desaparecido, pensé.
Ese “salías” de Mirtha
encerraba un significado concreto. Tenía razón en sorprenderse por la
reprobación de su claque. Probablemente Mirtha encarnaba el pensamiento de
miles de personas, esas que hubieran querido preguntar como ella, así,
elípticamente, si me había salvado por acostarme con el jefe del grupo de
tareas. Porque alguna explicación tenía que tener que yo hubiera pasado de
encapuchada en el campo de concentración a invitada a la mesa de la diva. Y su
pregunta implicaba una condena, una sentencia que en ese momento no supe
desarticular dando vuelta el argumento, provocándola como ella me provocaba,
desde su pretendida ingenuidad informada. Diciendo, por ejemplo: “No, no me
acosté con el Tigre Acosta, pero si lo hubiera hecho para salvar mi vida, ¿qué?
¿Quién podría juzgarme? ¿Quiénes pueden asegurar qué es lo que habrían hecho si
hubieran estado en mis zapatos?”.
Ninguna de nosotras tenía
posibilidad de resistirse, estábamos bajo amenaza constante de muerte en un
campo de concentración. Estábamos desaparecidas, sin derechos, inermes,
arrasada nuestra subjetividad. Su dominio sobre nosotras era absoluto. No
podíamos tomar ninguna decisión, eso era absolutamente inimaginable. De ellos
dependía que comiéramos, que durmiéramos, que respiráramos. Ellos eran nuestros
dueños absolutos. No quedaba resquicio alguno para nuestro libre albedrío.
¿Pero si hubiera existido? Si la mirada lasciva de ellos sobre nuestros cuerpos
hubiera sido usada por nosotras como un arma en su contra, un resquicio de
fortaleza en nuestra extrema indefensión, ¿hubiera sido correcto condenarnos
socialmente?
Como mujeres, la utilización
de nuestros cuerpos o el deseo que despertamos en el otro como instrumento de
manipulación o de salvación es condenable. No pasa lo mismo con los hombres.
(...)
Las mujeres sobrevivientes
sufrimos doblemente el estigma.
La hipótesis general era que,
si estábamos vivas, éramos delatoras y, además, prostitutas. La única
posibilidad de que las sobrevivientes hubiéramos conseguido salir de un campo
de concentración era a través de la entrega de datos en la tortura y, aún más,
por medio de una transacción que se consideraba todavía más infame y que
involucraba nuestro cuerpo.
Nos habíamos acostado con los
represores. Y no éramos víctimas, sino que había existido una alta cuota de
voluntad propia: nos habíamos entregado de buen grado a la lascivia de nuestros
captores cuando habíamos podido elegir no hacerlo. Habíamos traicionado
doblemente nuestro mandato como mujeres: el de la sociedad en general y el de
la organización en la que militábamos. No se nos veía como víctimas, sino como
dueñas de un libre albedrío en verdad improbable.
Resulta imposible explicar
por qué quienes nos juzgaban sin haber vivido las condiciones que se sufrían en
un centro clandestino de detención suponían que las mujeres teníamos el poder
de resistirnos a la violencia sexual, a los avances de los represores y
podíamos preservar “el altar” de nuestros cuerpos impoluto.
Las mujeres teníamos un
tesoro que guardar, una pureza que resguardar, un mandato que obedecer. Nos
habían convencido de que así era.
Yo no escapaba a ese mandato.
Por eso, lo abrumador del rechazo que me provocaba la conducta de la mujer de
mi responsable. Nunca se me ocurrió que podía usar la atracción que provocaba
en su captor para conseguir el precioso tesoro del contacto telefónico con su
hijita, para aliviar su dolor de madre separada de su cachorra. Tampoco que no
había tenido el poder de resistirse a los avances sexuales de su secuestrador,
desaparecida y privada de todos sus derechos, en manos de un grupo de ilegales
que disponía de su vida y de su cuerpo. Del mismo modo que no había podido
preservarse de las laceraciones de la picana. Para mí, para la Petisa, para
todos, esa muchacha era la encarnación de lo peor, de lo más repulsivo.
Sentíamos más miedo de convertirnos en eso que de inmolarnos. Queríamos ser
mártires y no prostitutas.
No me era posible terminar
este libro, que ideé con mi amiga y compañera Olga, sin incluir un pasaje de mi
propia historia que me atribuló durante años. No podía, no hubiera sido
honesto, exponer las experiencias de otras mujeres y callar la mía. Es en
realidad parte de una novela autobiográfica que empecé a escribir hace un
tiempo, precisamente para clarificar dentro de mi mente lo que había
atravesado. Por eso, al final de Putas y guerrilleras, relato lo vivido en La
Casa de la CIA.”
¿Qué hiciste en la guerra papi?
La pregunta me sale como hijo y como papá. Me refugio en ese hijo que sigo siendo y en ese padre que soy, para traer un relato que hasta ahora ha
quedado colgado en mi deteriorada memoria.
En el televisor de mi casa de la infancia apareció un día, un
cuento filmado que decía algo así:
En una ciudad del medioevo una vez, llegó un gran mercader. Traía
vestidos y objetos para todos los habitantes que pudieran acercarse. Contaba
con relojes sencillos que podían comprar desde los artesanos menos adinerados
hasta camisas con ensartes de oro y diamantes, para las posibilidades de nobles
y de condesas.
Todo el pueblo se fue acercando y el hombre con su sabiduría y su
porte, hacía que cada quien consiguiera algo que le hiciera la vida mejor y
sorprendente.
Sin embargo, para sorpresa de todos y del propio Rey, el mercader
jamás pidió ver al Monarca en sus habituales visitas al palacio. La ciudad
entonces, quedo engalanada por tantos objetos que el mercader había traído.
El Rey, pasado el tiempo prudencial para su investidura,
consideró que era el momento de invitar
al mercader hasta sus aposentos.
Y el mercader entonces, acudió y nuevamente sorprendió al Rey.
Le confesó que él, que era apenas era un hombre sencillo, no podía
considerarse como proveedor de un hombre de semejante altura social.
La desilución del Rey no se hizo esperar y frente a ella, el hombre
hurgó en su memoria y decidió ofrecerle un artículo que pocos quizás podían
apreciar.
El Rey no era hombre de poca experiencia, sabía de las habilidades
de esos embusteros, sin embargo, su ansiedad no era posible ser refrenada, aún
con tanto aprendizaje de protocolo.
El mercader prometió regresar con ese vestido que quizás, al Rey
pudiera interesar. Pero solicitó que le diera un par de semanas, porque merecía
que le hiciera algunos ajustes.
El Rey esperó y el mercader se encerró en su cuarto de hotel. Nadie
pudo interrumpir a ninguno de los dos.
El mercader regresó al palacio y mostró el vestido al Rey con una
sola aclaración:
-
Estimada Majestad, debo advertirle que este
vestido no es posible ser advertido por los necios.
El mercader se acercó al señor Rey y le solicitó que se quitara la
ropa para probar ese nuevo traje.
El Rey azorado, aceptó que el hombre se encargara de dejarlo en
paños menores, para recibir el vestido sobre sus cuerpo, que por supuesto, él no
podía ver.
Llegado su edecán con el Conde de guardia, el mismo Rey se encargó
de advertirles de la trampa de ese vestido, de modo que ellos no tardaron en
halagar la fineza de los tejidos y de la hechura. El mercader no hizo más que
señalar, que sólo en el cuerpo de un hombre sabio, ese vestido podía tener lucimiento.
La noticia de que el Rey llevaba un vestido que sólo los necios no
podían ver, corrió por toda la comarca, de modo que cuando el Rey salió por las
calles de la ciudad, vestido tan sólo con sus intimidades, recibió halagos de quien
se le cruzara por su vestido. El nerviosismo aumentaba porque nadie podía ver
aquello que cubría las ropas de alcoba del Rey.
La tensión aumentaba y nadie era capaz de decir lo que debía.
Hasta que un niño, descerrajó la frase que cierra este capítulo.
El niño dijo:
-
El Rey está desnudo.
La risa de todos (incluída la del Rey), calmó las ansiedades de una
verdad que gritaba detrás de las puertas. Sólo un niño con su inocencia,
portaba el permiso para desnudar lo evidente.
Quiero suponer, que si en algún momento, alguna de mis hijas que ya
no cuentan con la inocencia del hijo del director del film, me hiciera la
pregunta del título, hoy le diría:
- Aprendí en la guerra hija, que lo mejor para ganar una guerra, es
saber gritar a tiempo, que el Rey está desnudo.
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